Cien historias, cien extraños



Acecho



Echó un vistazo sobre su hombro. Allí estaba, justo detrás de ella. 
Siguió pedaleando, todavía corría por sus venas la adrenalina del robo de aquella bicicleta. No quería sonreír, pero lo hizo.
Gotas de sudor bajaban por su sien, y su respiración entrecortada ahora estaba más agitada, puntos negros brillantes nublaron su visión. Siguió moviendo sus piernas, no podía frenar su carrera, no ahora.
Las farolas de la calle apuntaban su luz hacia ella como flechas de arquero, pensó que su única misión era la de matarla. Apretó sus ojos con fuerza y los abrió justo a tiempo. Esquivó autos y subió a la acera, nunca bajando el ritmo.
En la entrada de aquella casa amarilla y con el corazón a punto de salirse de su pecho, lanzó la bicicleta a un lado, obligando a seguir con esfuerzo sobrehumano a sus piernas. A esta altura, su otro enemigo llenaba de ruido las silenciosas calles en su búsqueda. Volvió a mirar hacia atrás, comprobando que su mayor problema le pisaba los talones. Su sudor se tornó frío mientras bajaba por su columna. 
Llegó al patio trasero que fue su objetivo desde un principio, y la luz blanca de una luna llena ocupó el lugar de las farolas asesinas.
Frenó su carrera de golpe, sabiendo que su acechador frenaría junto a ella. Más allá de las sirenas sonando cada vez más cerca, era consciente de que la noche era solitaria, oscura y olvidada. Como ella.
Sentía el ruido de la respiración de aquel que acechaba su espalda desde hacía tanto tiempo que parecía ser por siempre. El miedo, aquel conocido sentimiento amigo dio lugar a esa inconsciencia que muchos confunden con coraje. Era ahora o nunca. Años luchando y en un segundo decidió su final. Volvió a reír. La ruidosa música de advertencia pronto la encontraría y despertarían al mundo dormido a su alrededor. Debía actuar rápido.
Giró.
Cara a cara con el Diablo hubiese sido más fácil. Aquella silueta burlona se contoneaba a su semejanza y por un instante, el miedo amenazó con volver. Pero en su lugar rió. Observó cómo su primordial enemigo desenvainaba de su cuerpo negro un objeto. Un cuchillo, pensó, eso es.
El tiempo se detuvo, todo sucedió en cámara lenta. Las sirenas llenaron el espacio y la oscuridad era un baile de luces parpadeantes; verde, amarillo y azul.
Gritó mientas su mirada seguía el recorrido de aquel cuchillo clavándose en su piel. Alguien aulló su tan irreconocible nombre y aquella voz hizo que se arrepienta de todo lo sucedido esa noche. Pero no había vuelta atrás ya cuando podía sentir las respiraciones pesadas saliendo de su garganta, esperando a ser la nada en tan mortal noche.
Cuando cayó sobre sus rodillas, su asesino cayó con ella, y para el momento en que las luces la cegaron perdió de vista a su acechadora sombra. Le había ganado a sus dos enemigos, ninguno la tendría. Aquel objeto maligno clavado en su pecho se desprendió de su ensangrentada mano y al caer, larga como era, sobre el suelo, juró que sintió salir a su psique mientras reía.


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V. J. Bernal 

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V.J. Bernal
Soy aficionada al café y escribo. Nací en algún momento de los 90' y actualmente estudio Letras. Cuando no estoy soñando despierta, lo hago dormida.
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