Cien Historia, Cien Extraños

La amabilidad de La Muerte

Estaba muerta.
Su ataúd se conformaba de un material tan cómodo y reconfortante que le daba calidez a sus miembros rígidos. La vista, a diferencia de lo que deben de estar suponiendo, era un torrente de brillos y estrellitas, un blanco y negro de fondo con un danzarín arcoíris en miniatura. Las risas, estridentes y burlonas, se abrían paso a través de sus oídos, y aunque en la superficie resbalaban con desdén, eran balas de plata al alma de la difunta.
Miles de veces pensó y debatió en su interior el momento de la pureza perdida, y en su ignorancia le atribuía amor y cariño al que terminó siendo un acto vil; maléfico, repleto de oscuridad y sucio.
Engañada y perdida recibió a la muerte, que al tocar su corazón, aquella figura de terror se bañó en bondad.
Su lecho de algodón, los ojos jocosos de su amante y los rastros de la toxina, escapan a la vista de los rientes, pasaban por alto la realidad, no tenían lógica. Y no fue hasta que sus voces cesaron y el rostro del adusto sepultador adivinó su obra y la verdad lo sacudió que las pesadas persianas cayeron con estrépito alejando el mundo de su alrededor.

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La amabilidad de La Muerte
(c)
V. J. Bernal 
 

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