Cien historias, Cien extraños

Lucía y las risas

Lucía llevaba más de cuarenta años sentándose detrás de una venta en su casa de un solo piso. Las cortinas por donde ella espiaba solían moverse por el viento causado gracias al ir y venir de los autos. Su silla negra, con lugares en gris debido al paso del tiempo, había marcado en el suelo el contorno de sus patas. Lucía siempre miraba a la calle con el ceño fruncido y los labios apretados en una fina línea. Su diminuto parque delantero, lleno de florcitas silvestres y hierbas malas, desentonaba con el pintoresco barrio que habitaba.
Si Lucía escuchaba risas provenientes de afuera, caminaba despacito hasta su silla en la ventana y esperaba. Siempre sucedía, ellos cometían el mismo error una y otra vez. Ese día, y poco común fue, Lucía escuchó primero gritos agudos, luego el sonido de metal chocando contra el asfalto; bicicletas, claramente. Las risas fueron en último lugar, pero llegaron. La expresión de Lucía seguía congelada en su mueca habitual.
Los autos que horas atrás circulaban con más frecuencia, se habían ido a dormir la siesta. Un barullo se levantó y la brisa lo entregó a los oídos de Lucía. Había llegado el momento de elegir los equipos. Hubo algunas peleas de pertenecía y escalas de amistad que atrasaron el enfrentamiento, pero se dio sin otro obstáculo. Los minutos pasaron y las risas mezcladas con gritos se volvieron más y más desesperantes. El rebotar de una pelota parecía sonar por toda la casa y Lucía ahora tenía los ojos cerrados. El sol, en su punto más alto, daba de lleno a sus párpados arrugados y un telón naranja era todo lo que apreciaba. De alguna manera, Lucía se entregaba a sus sentidos restantes como si obstaculizar la vista reforzara los otros.
La tarde cayó y Lucía lo supo. Era el momento. Se levantó con paso lento y llegó hasta el parquecito delantero. Un silencio sepulcral se instaló en aquellos risueños gritos cuando ella hizo su aparición. En ese momento, y de repente, todos sus movimientos eran premeditados y moderados, mientras Lucía los miraba uno por uno. Parada en el umbral y tan quieta como una estatua, ella esperó. La pelota, como sintiendo su presencia, giró en medio de una fuerte patada y fue a parar a a los pies de Lucía. Todo el mundo se congeló mientras ella hacía su camino hasta el juguete que acababa de invadir su propiedad. La levantó sin ningún problema y, a la altura de su rostro, sacó un cuchillo de su larga pollera y lo clavó sin miramientos en el centro de la pelota.
Los gritos de indignación no tardaron en aparecer. Uno de los que antes reía a todo pulmón no dijo nada, se acercó sigiloso hasta tenerla frente a frente y la desafió con la mirada. Lucía, con su rostro impasible y sabiendo que ya todo había terminado, no lo vio y simplemente regresó al interior de su casa, con la pelota y el cuchillo bajo el brazo.
Esa noche, todas las risas y gritos se reunieron en la casa de aquel que osó mirarla a los ojos. Estaban planeando su venganza, hartos de la vieja Lucía que siempre pinchaba pelotas. Pero un sabio, habiendo escuchado su plan, se sentó con ellos y contó una historia de hace mucho tiempo atrás, cuando a gran velocidad, un auto que no quiso dormir siesta, no solo pinchó una pelota pasando por encima de ella, sino que se llevó con él a un pequeño mientras su madre lo vigilaba, sentada en una silla negra, detrás de la ventana. Esa joven nada pudo hacer por su hijo, y las risas, ahora convertidas en lágrimas, vieron de otro color la vida.
Un nuevo día se alzaba, la tarde pronto llegó, los autos dormían y aquellos veloces no se veían en el horizonte. Las risas volvieron al lugar de siempre, pero esta vez sin ningún juguete.
La silla negra estaba vacía y parecía más gris que el día anterior. Esperaron y esperaron, pero nadie se acercaba a sentarse y a aguardar. Pensaron en un sacrificio y una joven risa corrió y volvió con una pelota preparada para el matadero. Cayó en el parquecito de mala muerte, sin embargo, nadie se acercó a ella con un cuchillo.
Lucía había tenido un sueño maravilloso donde un pequeño corría a sus brazos y no tras una pelota, y sin armar valija decidió irse a vivir en él. Eso sí, se olvidó de cerrar la ventana, y aunque ella había desaparecido ya, la brisa que entraba dejó de transportar risas y gritos. Tanto ellos, como los autos veloces y los juguetes parecieron irse con Lucía.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mírame - Capítulo 6

Destrúyeme ya está disponible!

Cien Historias, Cien Extraños