Cien historias, Cien extraños

No hay quien escuche las suplicas que no gritan

Lo que me duele no es el corazón. Y esperá un momentito, que tampoco estoy triste. ¿Ves todas estas capas de mentiras bien formadas? Son mi vida, no me las voy a quitar. Me hacen la persona que reconozco frente al espejo. Lo que siento es más bien desilusión, porque se me quiebra la mente cada día y aunque te lo diga, disfrutás mirando a un costado. Noches enteras quise y deseé que comprendieras lo que mis ojos hablan, que la oscuridad de mis pensamientos tengan un tono de gris acorde al tuyo. Nunca nos imagino felices y riendo, fantaseo conversaciones de piel a piel, de respiraciones húmedas y roce cálido. Quiero que estemos en la misma habitación sin que notes mi presencia.
No me despojes de mi ropa, debajo simplemente hay carne. Alimentame a palabras. Sumergite en cada susurro que brote de mi temor. Las emociones vuelan, aquellos estúpidos latidos no cumplen ahora la misma función. Nuestros gritos deben llenar el espacio vacío en nuestras cabezas. Tengo el debido entrenamiento para abrazarte en los momentos exactos y de la forma adecuada, solo necesito que borres las marcas que me causo. Basta, por favor, mirame a mí, a las galaxias en lo profundo de mis ojos. Te reclaman. Es como si fueras su propiedad, pero lo sé, sé que sos inalcanzable. Tal vez sean tus inconscientes exigencias. O que pido mucho.
Te dije, no es tristeza, solo quiero una pequeña parte de vos.

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