Cien Historias, Cien Extraños

Tu respuesta

“¿Va a llover?”
Apreto enviar y sigo caminando hasta el destino fatal de hacer fila para el colectivo. Miro al cielo, como queriendo responder a la pregunta que hice, pero hay un par de árboles que me tapan la visión. Eso y los edificios, los cables y que no veo bien.
Hay un aroma raro en el aire. No es a quemado como siente la señora que tengo al lado. Un vecino prende fuego partes de muebles viejos y disfruta tirándole basura que encuentra por ahí; avivando las llamas. El humo negro asciende, sin embargo sé que no es eso lo que huelo. Mi teléfono no sonó, asumo que no hay respuesta. Busco el olor. No es como piensa el señor de adelante, que contempla con asco la mosca que se da un festín con la bolsa de basura abierta en medio de la vereda. ¿Cómo explicarle al hombre y a la señora que hay otro aroma a mí alrededor? Pareciera vainilla; impregnado en mi pelo.
Cuando llega el colectivo, a pesar de venir vacío y nosotros no ser más de cinco personas, las otras cuatro se desafían a miradas y aceleran el paso para subir. Consigo sentarme, siendo la última en entrar y de inercia mis manos buscan, sacan y abren el libro que llevo en la mochila. Pienso que podría simplemente girar la cabeza y observar el cielo, pero me obligo a meterme en mundos de fantasía y a hacer caso omiso a las conversaciones banales que pululan por el colectivo.
Hago un esfuerzo sobrehumano por concentrarme y no logro conseguirlo. Desisto al libro que sostengo e intento poner la mente en blanco. Un bebé llora de forma histérica y dejo que su llanto me inunde, creo, o pretendo, hacer simbiosis con el pequeño ser humano que tiene el derecho que yo perdí de hacer un espamento público a todo pulmón. Grita y yo grito. Internamente lo acompaño todo el camino.
Distingo a lo lejos esas calles que me alertan la cercanía de mi destino. Bajo del colectivo y me despido amargamente del bebé. Cruzo la avenida mirando el asfalto, las franjas blancas de la calle están despintadas y una bocina hace que acelere el paso; fue un rojo muy breve.
El teléfono vibró primero y sonó después. Los oídos comenzaron a zumbarme. Malditos mosquitos.
“El cielo se cae a pedazos, Victoria”.
Fue lo que leí entre pequeñas gotas que llenaban la pantalla. Guardo el teléfono sin responder y miro el cielo, un gris oscuro me saludaba y despeinaba con su viento. Mañana volvería a preguntar.

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